«Para mí, una buena comunidad jesuita debe ser un espacio enriquecedor donde prosperen la fe, la compasión y el apoyo mutuo. Se caracteriza por una genuina inclusión, la bienvenida a personas de todos los ámbitos de la vida y el valor de las perspectivas únicas que cada persona aporta.»
Formará parte del profesorado de la Escuela Secundaria de la Universidad de Marquette en Milwaukee.
Licenciatura en Historia en la Universidad de Michigan; maestría en Ciencias Sociales en la Universidad de Chicago; maestría en Recursos Filosóficos en la Universidad de Fordham; maestría en Divinidad en el Regis College, Universidad de Toronto
El P. Rick Abert, SJ, fue mi superior durante mi magisterio en la Escuela Secundaria de la Universidad Marquette en Milwaukee. Fue un referente, con una combinación de sinceridad, integridad y autenticidad, lo que me ayudó a crecer en confianza durante mis tres años de magisterio. El P. Rick me brindó un apoyo incondicional al comenzar mi trayectoria como docente. Su sinceridad y cariño fueron evidentes en cada interacción: con un interés genuino en mis desafíos y éxitos, creó un espacio seguro donde me sentí valorado y escuchado.
Para mí, una buena comunidad jesuita debe ser un espacio enriquecedor donde prosperen la fe, la compasión y el apoyo mutuo. Se caracteriza por una genuina inclusión, la bienvenida a personas de todos los ámbitos de la vida y el valor de las perspectivas únicas que cada persona aporta. Una comunidad así sirve como un santuario donde las personas se sienten seguras para expresar sus creencias, afrontar cuestiones de fe y crecer espiritualmente sin temor al juicio, para que juntos podamos convertirnos en ministros y compañeros más disponibles para el pueblo de Dios.
En esencia, una comunidad jesuita sana está profundamente arraigada en la autenticidad y la integridad. Practica lo que predica, encarnando los principios del amor, el servicio y la humildad. Los miembros están unidos a pesar de sus diferencias por nuestra vocación compartida como compañeros de Jesús y por nuestro compromiso compartido de vivir su fe de maneras tangibles y públicas, desde el apoyo a los necesitados hasta la defensa de la justicia y la paz. El diálogo respetuoso y la escucha activa son características distintivas de la comunidad jesuita, creando un entorno donde las diferencias se reconocen y se aceptan como oportunidades de aprendizaje en lugar de como fuentes de división. El liderazgo es transparente y responsable, fomentando la confianza y la colaboración.
Por encima de todo, una buena comunidad jesuita ofrece tanto reto como consuelo. Fomenta el crecimiento personal y colectivo, inspirando a los miembros a vivir sus valores en el mundo. Al mismo tiempo, ofrece consuelo en tiempos difíciles, recordándoles que nunca están solos en su camino de fe.